Ideología
Para poder entender el proyecto de nuestro instituto es necesario iluminarlo con el pensamiento de la Iglesia sobre “La Escuela Católica”, ya que ésta cumple una misión fundamental en el proyecto educativo de la Iglesia, quien ha recibido de su fundador la misión de llevar la buena nueva del Evangelio a toda criatura, de proclamar a todos el gozoso anuncio de la salvación, engendrar con el bautismo nuevas creaturas en Cristo y de educarlas para que vivan conscientemente como hijos de Dios. Si bien es cierto que durante años esta función educativa de la Iglesia se ha realizado esencialmente a través de los pastores, de manera particular, mediante la homilía y los cursos que se programan sistemáticamente en las parroquias y centros de evangelización, debemos reconocer que esto no es ni ha sido suficiente, pues, sobre todo en nuestro tiempo y ambiente, esta formación se ha quedado en lo elemental, como un barniz, sin que produzca frutos abundantes y sin que pueda llegar a la gran masa de los bautizados. Siendo la escuela, un medio privilegiado para la formación integral del hombre, en cuanto que ella es un centro donde se elabora y se trasmite una concepción específica del mundo, del hombre y de la historia1, la Iglesia, consciente de su responsabilidad en formar al hombre integral, según el modelo de Jesucristo, palabra del Padre y fuente de toda Verdad, ha creado, ya desde tiempo antiguo, sus propias escuelas. En ellas no solo se asimila en perfección el conocimiento humano y científico, sino que los alumnos son instruidos en el misterio de Dios quien nos revela en su Palabra el camino hacia la plenitud del hombre. Es por ello que el proyecto educativo de la Escuela Católica se define precisamente por su referencia explícita al Evangelio de Jesucristo, con el intento de arraigarlo en la conciencia y en la vida de los jóvenes, teniendo en cuenta los condicionamientos culturales de hoy. En la sociedad actual, caracterizada entre otras manifestaciones, por el pluralismo cultural, nuestra Iglesia considera como una de sus prioridades más urgentes, el de garantizar la presencia del pensamiento cristiano y no solamente de los valores cristianos en la sociedad, so pena de continuar el camino de autodestrucción que ha emprendido el hombre del mundo moderno. Es por ello que presta un servicio de suma importancia para todos los hombres que, sin Cristo y su evangelio, se encuentran sumergidos en la oscuridad de este mundo. No es difícil darnos cuenta del estado crítico de egoísmo y perversión que opera en el mundo. Esto es, no otra cosa, sino consecuencia del olvido en que el hombre ha hecho caer la vida Espiritual; el hombre moderno ha pretendido olvidar que es un ser formado por alma y Cuerpo. Este rezago de Dios en el corazón de la humanidad en general, ha hecho que ésta le dé demasiada importancia a los aspectos físico-material-intelectuales, olvidándose de alimentar y formar también la parte espiritual. Parecería haber olvidado que la educación, para que verdaderamente sea fuente de felicidad, justicia y paz, ésta debe ser integral, lo que comprende, imprescindiblemente, la dimensión religiosa-Espiritual. Solo una formación integral, en la que no se excluya el aspecto espiritual del hombre dará como resultado la formación de hombres y mujeres convencidos, coherentes, preparados en el campo social y político, y dentro de la Iglesia, amantes incondicionales de Dios y de su Evangelio; hombres y mujeres que tomen su decisión de manera libre y justa, y que sean capaces de construir hogares y comunidades en las que se viva el amor y la paz. Con este fundamento general y dado que nosotros, como cristianos católicos, reconocemos que Jesucristo es la verdad y la vida y que sólo en y a través de él, el hombre puede realizar plenamente su vocación y ser feliz, el proyecto educativo de la Escuela Católica, tiene a Cristo como su fundamento: Pues “Él revela y promueve el sentido nuevo de la existencia y la transforma capacitando al hombre a vivir de manera divina, es decir, a pensar, querer y actuar según el Evangelio, haciendo de las bienaventuranzas la norma de su vida. Precisamente por la referencia explícita, y compartida por todos los miembros de la comunidad escolar, a la visión cristiana —aunque sea en grado diverso— es por lo que la escuela es realmente «católica», y hace de los principios evangélicos sus normas educativas, motivaciones interiores y al mismo tiempo metas finales de la educación integral”3. Y es que solamente desde Cristo, el Hombre perfecto (Cf. Ef 4,14), todos los valores humanos encuentran su plena realización y de ahí, su unidad. En esto la Escuela Católica se diferencía de las demás escuelas que se limitan únicamente a formar al hombre de manera intelectual (aunque algunas lo hagan con algunos fundamentos morales), pues ella forma, como institución al cristiano ÍNTEGRO4. Así, la Escuela Católica enseña a los jóvenes a interpretar la voz del universo que les revela al Creador y, a través de las conquistas de la ciencia, a conocer mejor a Dios y al hombre. En la vida diaria del ciclo escolar, el alumno aprende que a través de su obrar en el mundo él está llamado a ser un testimonio vivo del amor de Dios entre los hombres, porque él mismo forma parte de una historia de salvación que recibe su último sentido de Cristo salvador de todos los hombres. Si verdaderamente se quiere ser feliz, es necesario vivir conforme al Evangelio; esto es distinto a ser únicamente regenerados por el bautismo, por ello la Escuela Católica se esfuerza por crear en el ámbito de la comunidad escolar un clima5 que ayude al alumno a vivir su fe de una manera cada día más madura, y a adquirir gradualmente una actitud pronta para asumir las responsabilidades de su bautismo. Si verdaderamente queremos que los jóvenes se formen integralmente y sean constructores de un espacio en el que la vida tenga la calidad y frescura que lleva a experimentar realmente la felicidad, “la enseñanza cristiana — que no puede limitarse a los cursos de religión previstos por los programas escolares — debe ser impartida en la escuela de una manera explícita y sistemática, para evitar que se cree en el alumno un desequilibrio entre la cultura profana y la cultura religiosa6. Una enseñanza tal, difiere fundamentalmente de cualquier otra, porque no se propone como fin una simple adhesión intelectual a la verdad religiosa, sino el entronque personal de todo el ser con la persona de Cristo”7. Por ello, la formación en la Escuela Católica, tiene una constante referencia a la Palabra y el encuentro siempre renovado con Cristo, ya que sin ello, la Escuela Católica se alejaría de su fundamento. Es del contacto con Cristo, de donde la Escuela Católica obtiene la fuerza necesaria para la realización de su propio proyecto educativo y «crea para la comunidad escolar una atmósfera animada de un espíritu evangélico de libertad y caridad»8, en la cual el alumno pueda hacer la experiencia de su propia dignidad. Reconociendo la dignidad del hombre y la llamada que Dios dirige a cada uno, la Escuela Católica contribuye a liberarlo, es decir, a hacer que sea lo que él está destinado a ser: el interlocutor consciente de Dios, disponible a su amor, constructor del Reino y heraldo de la paz.
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